¿Por qué a veces tratamos mejor a nuestro perro que a nosotros mismos?
En un tranquilo rincón de su casa, tu vecina se inclina cuidadosamente sobre el plato de su mascota. El día de hoy pidió por internet comida cruda para su adorado perro que en efecto tiene un pelaje lustroso. Tu vecina, por su parte, la ves a menudo comiendo papas fritas con salsa extra; tiene bastantes kilos de más y jamás hace ejercicio, excepto por la caminata diaria que hace, sin duda alguna, por el perro. Jordan Peterson, en el segundo capítulo de su obra, nos invita a reflexionar sobre este fenómeno relativamente común en el cual las personas tratan mucho mejor a las personas que dependen de ellas que de sí mismas. Peterson explora diversas razones por las cuales esto puede ocurrir, pero una de ellas es que este acto de cuidado desigual yace un profundo desdén hacia nosotros mismos, el cual nace de una íntima familiaridad con nuestras propias faltas y fracasos.
Aquí, Peterson nos lleva de vuelta al Jardín del Edén, donde Adán y Eva, tras comer del fruto prohibido, se vuelven dolorosamente conscientes de sus propias imperfecciones. Este momento, uno de los más emblemáticos de la narrativa bíblica, refleja nuestra propia toma de conciencia sobre nuestras fallas. Al igual que los primeros humanos se cubren con hojas de parra, intentando esconder su desnudez y vergüenza, nosotros a menudo nos escondemos de nosotros mismos, evadiendo el cuidado personal que merecemos.
Peterson argumenta que, así como Adán y Eva tuvieron que enfrentarse a su realidad y seguir adelante a pesar de sus imperfecciones, nosotros también debemos hacerlo. Nos insta a superar esa vergüenza, ese auto-desdén, con la misma dedicación y cuidado que ofrecemos a nuestras mascotas. Al cuidarnos a nosotros mismos con amor y atención, no solo estamos redimiendo nuestra “naturaleza pecaminosa”, sino que también estamos reconociendo nuestra valía y capacidad de superación.
Este capítulo se convierte en una historia de redención personal, un llamado a aceptarnos y cuidarnos con la compasión que tan generosamente extendemos a otros seres vivos. Peterson nos recuerda que, a pesar de conocer cada uno de nuestros defectos, debilidades, y errores, somos dignos de nuestro propio cuidado y amor. Al igual que Adán y Eva emergieron del Jardín, marcados, pero resilientes, nosotros también podemos caminar hacia una vida de propósito y significado, aceptando nuestras imperfecciones y trabajando hacia nuestra propia redención, cuidándonos a nosotros mismos como si fuéramos la persona que más nos importa en el mundo.
