El capítulo sobre la importancia de elegir bien a nuestros amigos
Jordan Peterson, en el tercer capítulo de “12 reglas para la vida”, nos ofrece un prisma a través del cual observar las complejidades de nuestras relaciones interpersonales, animándonos a reflexionar sobre la importancia de rodearnos de personas que verdaderamente deseen nuestro bienestar.
Peterson nos describe las sombrías fiestas de su adolescencia en la fría provincia de Alberta, Canadá, eventos bañados en una luz tenue que ocultaba más que la autoconciencia, donde la música estruendosa ahogaba cualquier posibilidad de conexión genuina. Estas fiestas eran escenarios donde el exceso y la falta de dirección reinaban. Eran lugares donde, como recuerda Peterson, se podía encontrar a “un par de los psicópatas del pueblo”, y donde las acciones imprudentes, como blandir una escopeta cargada, eran moneda corriente.
Peterson no solo comparte estas memorias para pintar el cuadro de su juventud, sino para subrayar cómo estas experiencias reflejan una tendencia más amplia a rodearnos de gente que, lejos de querer lo mejor para nosotros, nos sumerge en un ciclo de autodestrucción. Relata la visita de un amigo que conoció precisamente mientras vivía en Alberta y que llegó acompañado de un individuo tan drogado que proclamaba ver sus partículas dispersas en el techo. Tal vez esta persona necesitaba ayuda, pero también era bastante posible que ayudar a esta persona podría hundirnos a nosotros mismos en su mundo de autodestrucción. Alguien podría sugerir que tenemos que ayudar también a aquellos que tienen menos suerte que nosotros y que debemos guiar moralmente a las personas que consideramos no están siguiendo un buen camino. Después de todo, como dice Peterson, incluso Jesús compartía a veces sus alimentos con prostitutas y con recaudadores de impuestos. Después de hacer alusión a esta escena bíblica, Peterson nos recuerda que nosotros no somos Jesús, el arquetipo del hombre bueno, y que es posible que coexistir de manera indiscriminada con personas que se comportan de una manera que no es necesariamente buena tiene más posibilidades de hundirnos a nosotros mismos que de salvar a esas personas.
Con estos ejemplos, Peterson no solo muestra, sino que también nos insta a la reflexión y a la acción. “Haz amistad con personas que quieran lo mejor para ti”, nos exhorta, presentando esta regla no como una simple sugerencia, sino como un mandato para la supervivencia de nuestro ser más auténtico. Nos anima a ser selectivos en nuestras amistades, a buscar aquellas relaciones fundamentadas en el respeto mutuo, y con personas que verdaderamente puedan ayudarnos.
En este capítulo, Peterson nos da también una heurística práctica: son nuestros amigos aquellos que se alegran cuando les compartimos una buena noticia, en vez de reflejar envidia.
